Narcisismo

El mito griego de Narciso nos habla de un joven de gran belleza que desdeñaba a todas las personas que se le acercaban. Enamorado de su propia imagen, absorto, contemplándose en su reflejo en el río se ahogó en sus aguas. Como tantos otros antiguos mitos, éste da nombre a un rasgo del carácter del que todos podemos padecer las consecuencias. Hay una diferencia en el grado de cuán narcisista se es: cierto amor propio es saludable, pero el auténtico narcisista se cree superior a los demás y busca su admiración continuamente. Esa personalidad narcisista no siempre degenera en un trastorno narcisista , pero guarda en común el hecho de ser egosintónicos, es decir, en sintonía con el ego: quien lo padece no es en absoluto consciente de tener problema alguno. E incluso se reirá o se jactará si alguien se lo insinúa.
La inmadurez emocional le impide amar verdaderamente al otro. El trastorno narcisista es un amor enfermo. Un amor fallido y debilitante, que priva del enriquecimiento propio del genuino interés por las personas y cosas fuera de uno mismo. La falta de empatía deviene no tanto de no saber cómo se siente otra persona, sino de no importarle en absoluto, no sentir el sentimiento del otro. Sus relaciones son superficiales e interesadas. Con el tiempo aceptan cierta dosis de defectuosidad del otro al que aman por cómo les ama. Siempre personas que refuerzan su idea acerca de su propia grandiosidad. Son críticos duros, con críticas malintencionadas hacia los demás, pues carecen de autocrítica. En el narcisismo el ego es la defensa y el ataque; lo es todo, en realidad.
En su origen interviene mucho la educación, los elogios mal asimilados, ciertas carencias…El tipo de sociedad en la que se vive fomenta este rasgo. Tal como señalan los sociólogos avanzamos hacia un mundo florido de narcisos. Dirigentes de clara personalidad narcisista parecen alentar la proliferación de más y más personas afectadas, al tiempo que la ceguera de quien vive sólo para sí mismo permite la dominación de tales personajes. Muchos factores contribuyen a ello, pero la “realidad” virtual, la exposición de logros y éxitos aclamados por iguales, proporcionan un entorno adecuado. El individualismo de una sociedad escéptica y desencantada fomenta que volvamos la mirada hacia uno mismo como tiernos infantes. El narcisista no busca ayuda terapéutica, porque no sabe que esta mal y percibe el rol de paciente como algo defectuoso. Pero muchas veces, personas que a instancias de sus familiares o pareja o tras experimentar frustración, sí trabajan sobre ello y superan este rasgo. En terapia se les puede ayudar a reconocer a los demás, romper el cascarón de su ego, romper con las fantasías compensatorias de la falta de autoestima real, superar las intelectualizaciones y el autoengaño y emprender un viaje hacia sentir a los otros, un viaje hacia la autenticidad.