LAS INFINITAS FORMAS DEL MIEDO

Adriana no quiere ir a la guardería, posiblemente sienta miedo: el recinto desconocido, otros niños haciendo ruido o llorando, sus papas alejándose, la angustia de la separación, el terror al abandono…ni prever un final certero puede. Con los días sí se da cuenta de que vienen a buscarla, pero al principio debió experimentar algo parecido al ser humano que vivió la primera noche…Ha empezado una carrera que será larga y fructífera. La de miedos que pasamos en esta vida. Y los fóbicos, con toda su aparatosidad no me parecen los peores; ni aquellos más comunes: la enfermedad,los accidentes, la ruina o el que nada sirva para nada y el que nada tenga un sentido…Son todos muy limitantes, sin duda, pero me asustan más los miedos que no asustan, las situaciones constreñidas y asfixiantes de vida de quien se niega, por miedo, a vivir plenamente la vida. Personas que suenan como órganos viejos que sólo emiten tres notas, do re mi, adictos a la rutina, incapaces de salir de los estrechos cauces de calles, lugares, personas, emociones conocidas, buenas malas o regulares pero seguras. Poco sano es el buscador de emociones, poco sano también el adicto a la rutina. Quiero promover en mis pacientes que se apunten a un bombardeo, que se vayan un día a desayunar fuera, que caminen por calles distintas, que preparen alcachofas naturales de picoteo, que se apunten a un grupo de meditación, abracen a un árbol o se escriban con un hindú aficionado al flamenco, porque detrás de no hacer cosas nuevas, por más absurdas y pequeñas que nos parezcan está el peor de los miedos, el que nos hace permanecer en nuestra zona de confort desaprovechando mucho la vida, tal vez por miedo a que esta se acabe, tal vez por saberla inabarcable..

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