EL ENFERMO IMAGINARIO: HIPOCONDRÍA

La hipocondría es la única enfermedad que el hipocondríaco no cree tener. Una persona hipocondríaca sufre enormemente a causa de una enfermedad que no padece pero está convencido de tener, o exagerando la gravedad de algún síntoma o dolencia que sí padece interpretándola y viviéndola con las más sombrías perspectivas. Es un trastorno muy frecuente y en el que conviene hacer algunos matices: ni todas las personas que se preocupan mucho por la salud son hipocondríacas , ni todas las dolencias psicosomáticas se acompañan de este tipo de obsesión. Uno puede ser muy nervioso, propenso a sentir molestias somáticas pero no vivir convencido de tener una enfermedad severa; del mismo modo que uno puede poner empeño en cuidarse , en la medida de lo razonable, sin obsesionarse. El hipocondríaco escucha hablar de una enfermedad y no tarda mucho tiempo en convencerse de que la tiene. Ansioso buscará información: las guías médicas del hogar eran un manantial de infinitas amarguras; hoy, Google e hipocondría son una mezcla explosiva. Es realmente fácil sentir los síntomas de muchas enfermedades, y no siempre se dispone del conocimiento o la experiencia suficiente para discriminar verdaderamente un cuadro clínico de algo tan humano como disfunciones vitales diversas. Pero el hipocondríaco está muy alerta, atento y vigilante de sus latidos, de su temperatura, de su presión arterial, todo en él mismo es una fuente de estudio y observación. Puede escribir cuadernos diarios registrando toda esa información que percibe como muy relevante. No confía en su cuerpo y tampoco excesivamente en los profesionales de la salud. El alivio que experimentan cuando les aseguran, con pruebas en mano, que su problema no reviste gravedad no dura nunca demasiado tiempo. No tardarán en pensar que no han sido bien evaluados o que el profesional no estaba debidamente capacitado. Puede iniciar así un itinerario de ir y venir a diversos centros o permanecer al margen de estos por considerarlos a todas luces insuficientes. En cualquier caso, el hipocondríaco vive un tormento que con frecuencia afecta a su familia, que ven cómo resultan inútiles sus esfuerzos por transmitirle calma, experimentando una mezcla de irritación y compasión por su ser querido quien vive inmerso día tras día en dar por ciertos sus temores, autoobservarse en exceso y considerar que los demás no se percatan de lo grave de su enfermedad. Para el hipocondríaco , mil pruebas no constituyen una certeza. Requieren ayuda profesional especializada: de nada valen pautas ni consejos de magazines o blogs, ni frases animosas y palmaditas en la espalda. Desmontar toda la estructura mental que subyace a esta manera de sufrir, es trabajoso, pero no hacerlo de manera rigurosa, es absolutamente inútil. El hipocondríaco obtiene “ganancias” secundarias : atención de sus allegados, un talismán (“si lo temo, no me pasará”) y estar tan preocupado por su salud que cualquier otro problema de la vida pasará a segundo plano. Renunciar a todo eso, y disfrutar de la vida con sensatez y sin ceder a las peores trampas de la imaginación es más que deseable: es conveniente.