Síntomas de la depresión en adultos.

Entre los muchos síntomas de la depresión y con independencia al origen o tipo de depresión, destacan los siguientes:
Anhedonía:
De los primeros síntomas que experimenta el deprimido está la falta de placer y disfrute por cualquier actividad. Las cosas que antes proporcionaban placer y disfrute, ya no dicen nada, incluso se rechazan, por ejemplo, escuchar música. Al mismo tiempo el deprimido es incapaz de desarrollar nuevos intereses o aficiones.
-Baja o nula autoestima:
La depresión te quita toda la autoestima que pudieras tener. Para el deprimido, su persona no vale nada. Una visión de túnel sólo le hace ver aquello que no ha funcionado para él y se culpa de todo lo malo que le haya podido suceder. No se reconoce ninguna fortaleza y si admite hacer algo bien se convencerá de que es algo sin importancia. El sentimiento de inutilidad e inadecuación es tan grande como el de indeseabilidad social: el deprimido no sabe dónde meterse, se encoge, se esconde. Al tiempo, vive sumido en el egocentrismo más absoluto, con un embotamiento afectivo y atencional que no le permiten ver mucho más que a sí mismo.
-Aislamiento social:
En relación con lo anterior, el deprimido se aísla más  y más, cortando todos los puentes, abandonando relaciones y sin propiciar hacer nuevas amistades. No es en realidad que no quiera querer y ser querido. Al contrario. Lo desea fervientemente pero no se considera digno de ser amado y además  le parece que no puede aportar nada a nadie. Es muy característico que acepte quedar con alguien, y según se acerque el momento, aún  con horas por delante, empiece a rumiar ideas muy ansiógenas acerca de que no será capaz de culminar ese encuentro y terminará  por cancelar esa cita y así una y otra vez. Al liberarse de esa tensión, tampoco se siente tranquilo, pues se siente ruin y torpe por no poder quedar ni a tomar un café o cualquier otra sencilla actividad.

Aislamiento social


-Abandono de rutinas:
La depresión hace que todo dentro de ti se derrumbe y se abandone, se abandona la higiene, el cuidado personal, el tipo de alimentación, cualquier hábito saludable se deja de lado. No se siente motivación para actuar de otra manera, no se es capaz de cuidar de si mismo y una especie de parálisis de toda acción que implique movimiento y voluntad queda anulada.
-Sentimientos de culpa:
La culpa es junto con la vergüenza y el dolor psíquico profundo el sentimiento predominante para el deprimido. Culpable de estar en esa situación, culpable de haber llegado y haber caído así, culpable de la vida que da a las personas de su alrededor, culpable de no ser capaz de salir de ese hoyo por sí mismo, culpable de reír si algo le hace reír culpable de llorar, culpable de existir.
-Irritabilidad:
Se contesta airadamente, con agresividad, muchas veces. El deprimido se siente irritado, irascible, enfadado consigo mismo y con el mundo en muchas ocasiones. Y responde con ira que refleja su frustración, es desgraciado y su malhumor es, a veces, la respuesta más  positiva y saludable de la que es capaz.
-Tristeza profunda:
El síntoma de la depresión más popular y reconocible es la tristeza, experimentada de manera profunda, de manera constante y con independencia de motivo alguno. Uno está triste sin remedio. No hay nada que proporcione alegría de manera sostenida. Tal vez algún destello fugaz.

Tristeza profunda


-Apatía:
Otro síntoma de la depresión en adultos muy reconocible y muy mal interpretado a veces es la apatía. No se trata “sólo” de no tener ganas de hacer nada, es que realmente se siente que no se puede hacer nada. Uno se levanta, se propone una pequeña acción, y cuando comienza a emprenderla algo más fuerte que uno tira para abajo cual arenas movedizas y uno siente una catatonía tal que no puede hacer nada, sólo regresar a la cama o a su rincón hecho un ovillo y esconderse. Los familiares y amigos no lo comprenden, creen que es falta de voluntad, le regalan manuales acerca de cómo desarrollar la fuerza de voluntad pensando que sólo es pereza. La apatía es el sentimiento que más se hace público y externo, lo que más se proyecta y genera constantemente un pésimo feedback para el paciente.
-Problemas de sueño y de apetito:
Todas funciones del cuerpo se ven afectadas por esta hibernación, en un sentido u otro. Los síntomas de la depresión siempre afectan al apetito, o comes mucho o muy poco, o sólo hidratos y azúcares, por ejemplo. Del mismo modo, con el sueño pasa algo parecido, o duermes durante diez horas o no duermes nada; o no consigues conciliar el sueño o este está lleno de pesadillas e interrupciones.
-Dificultades de concentración:
El pensamiento del deprimido es tan focalizado y rumiante hacia el vacío y lo inútil y despreciable de uno mismo que cuesta mantener la concentración en otra cosa. Uno está fascinado con su propio abismo, no como el narcisista, no con amor, sino con un odio y un desprecio igual de abrumador.

 ¿Tengo yo una depresión?

¿Tengo yo una depresión?

Cinco o más de estos síntomas por más de dos semanas es lo que estipula el DSM V para diagnosticar una depresión mayor. Si estás leyendo este artículo y te identificas con lo que en él describo, lo mejor que puedes hacer es consultar a un psicólogo clínico o a un psiquiatra pues es fácil confundirse al pretender hacer un auto diagnóstico.

Nada más lejos de mi intención al escribir estas líneas que fomentar ese mal tan extendido de recurrir a google para obtener respuestas a problemas serios de salud.

Es preciso mucho conocimiento y discriminación para poder hacer un diagnóstico .

La intención de este artículo es intentar ayudar a quienes padecen esta enfermedad. Que sientan que no están solos ni les pasa nada que no esté estudiado y tipificado y ayudar a los familiares y amigos a comprender un poco el infierno por el que pasan sus seres queridos.

Los mismos síntomas de la depresión tomados aisladamente o en diferentes combinaciones son propios de muchas situaciones vitales que no son una depresión. A su vez cada uno de estos síntomas admite una amplia diferencia de intensidad y magnitud y sólo el profesional de salud mental podrá diferenciar una cosa u otra. ¡Busca ayuda!

El enfermo imaginario: Hipocondría


La hipocondría es la única enfermedad que el hipocondríaco no cree tener.

Una persona hipocondríaca sufre enormemente a causa de una enfermedad que no padece pero está convencido de tener, o exagerando la gravedad de algún síntoma o dolencia que sí padece interpretándola y viviéndola con las más sombrías perspectivas.

Es un trastorno muy frecuente y en el que conviene hacer algunos matices: ni todas las personas que se preocupan mucho por la salud son hipocondríacas , ni todas las dolencias psicosomáticas se acompañan de este tipo de obsesión.

Uno puede ser muy nervioso, propenso a sentir molestias somáticas pero no vivir convencido de tener una enfermedad severa; del mismo modo que uno puede poner empeño en cuidarse , en la medida de lo razonable, sin obsesionarse.

El hipocondríaco escucha hablar de una enfermedad y no tarda mucho tiempo en convencerse de que la tiene.

Para el hipocondríaco, mil pruebas no constituyen una certeza.

Ansioso buscará información: las guías médicas del hogar eran un manantial de infinitas amarguras; hoy, Google e hipocondría son una mezcla explosiva.

Es realmente fácil sentir los síntomas de muchas enfermedades, y no siempre se dispone del conocimiento o la experiencia suficiente para discriminar verdaderamente un cuadro clínico de algo tan humano como disfunciones vitales diversas.

Quien padece hipocondría está muy alerta, atento y vigilante de sus latidos, de su temperatura, de su presión arterial, todo en él mismo es una fuente de estudio y observación.

Puede escribir cuadernos diarios registrando toda esa información que percibe como muy relevante.

No confía en su cuerpo y tampoco excesivamente en los profesionales de la salud. El alivio que experimentan cuando les aseguran, con pruebas en mano, que su problema no reviste gravedad no dura nunca demasiado tiempo.

No tardarán en pensar que no han sido bien evaluados o que el profesional no estaba debidamente capacitado.

Puede iniciar así un itinerario de ir y venir a diversos centros o permanecer al margen de estos por considerarlos a todas luces insuficientes.

En cualquier caso, quien padece hipocondría vive un tormento que con frecuencia afecta a su familia, que ven cómo resultan inútiles sus esfuerzos por transmitirle calma, experimentando una mezcla de irritación y compasión por su ser querido quien vive inmerso día tras día en dar por ciertos sus temores, autoobservarse en exceso y considerar que los demás no se percatan de lo grave de su enfermedad. Para el hipocondríaco , mil pruebas no constituyen una certeza.

Requieren ayuda profesional especializada: de nada valen pautas ni consejos de magazines o blogs, ni frases animosas y palmaditas en la espalda.

Desmontar toda la estructura mental que subyace a esta manera de sufrir, es trabajoso, pero no hacerlo de manera rigurosa, es absolutamente inútil.

El hipocondríaco obtiene «ganancias» secundarias : atención de sus allegados, un talismán («si lo temo, no me pasará») y estar tan preocupado por su salud que cualquier otro problema de la vida pasará a segundo plano.

Renunciar a todo eso, y disfrutar de la vida con sensatez y sin ceder a las peores trampas de la imaginación es más que deseable: es conveniente.

Hipocondría

Recuerdos


Los recuerdos son la representación elemental de la experiencia, la unidad básica de aprendizaje, el paradigma de la Psicología Cognitiva y de la Neurociencia, el «perfume del alma» o «la novela de la vida» que dirían los poetas y la mayor fortuna que tenemos si tenemos la fortuna de mantenerlos y poder conservarlos.

Los recuerdos son el producto de la memoria, y la memoria es uno de los mecanismos de procesamiento de la información más sofisticado y complejo existente. Un entramado de neuronas, neurotransmisores, reacciones químicas que afectan a estructuras que a su vez afectan a la química cerebral, un vasto universo para crear lo intangible y más distintivo de la persona, sus recuerdos.

Lo primero que la memoria hace es codificar, traducir las vivencias, los impactos de lo nervioso y sensorial a unidades de recuerdo; después, a base de repeticiones, las almacena para terminar recuperándolas cuando se requiere o cuando determinados estímulos evocan su presencia.

Nuestro cerebro es como un gigantesco ordenador, con un potente disco duro, capaz de almacenar billones y billones de ítems.

Se sabe que hay tres tipos de sistemas de memoria, según la duración de la información almacenada: la memoria sensorial, la memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. En la sensorial se graban unidades muy breves, de segundos, potentes recuerdos fugaces asociados a sensaciones, a una imagen, a un sonido…en la memoria a corto plazo se graban las cosas durante un período breve de tiempo, y es la que utilizamos para recordar datos del día a día, o forzándonos a retenerlos para un exámen, y la memoria a largo plazo mediante un reforzamiento permanente de la sinapsis, con activación de ciertos genes y la síntesis de determinadas proteínas, fija nuestro aprendizaje de forma indeleble y duradera.

No hay un lugar físico concreto para la memoria en nuestro cerebro, sino diferentes localizaciones y estructuras implicadas.

Desde la formación de los primeros recuerdos a las enfermedades que afectan a la memoria, todo es un universo difícil de precisar. La memoria da origen a muy curiosas vivencias, desde el tener algo «en la punta de la lengua» y no ser capaz de decirlo, a fenómenos como el «déjà vu», tener la impresión de ya haber vivido algo, una situación que, en realidad no hemos vivido, o lo opuesto, el «jamais vu», estar en una situación ya conocida y experimentada y no identificarla en absoluto…

La memoria se entremezcla con la imaginación y es capaz de confabular y rellenar lagunas con auténticas invenciones. Muchas veces, las cosas no son nada hasta que las recordamos. Pasamos veloces por paisajes y vivencias sin tiempo o capacidad para nada más que registrarlas, » hacer la foto» y revivirla en el recuerdo…El recuerdo va siendo, aun de los malos momentos, la literatura privada de cada cual.


La memoria tiene muchas opciones para ejercitarla: trucos, rimas, asociaciones y repeticiones: nos pasamos media vida buscando en nuestros archivos mentales la manera de retener unos datos, los ríos y afluentes, la lista de la compra, los detalles de aquél viaje…

Los recuerdos son caprichosos, a veces, sin que nada lo presagie acuden a uno y le aportan luz y una mirada nueva sobre la propia vida. Sería imposible vivir recordándolo todo y es tarea de la persona cabal seleccionar qué recuerdos debe permitir que asienten más en su presente y cuáles le conviene desdeñar…

Estoy convencida de que somos el recuerdo que dejaremos un dia, y el recuerdo del recuerdo y así, entrelazados generación tras generación ir haciendo del mundo nuestra casa…


En la foto, mi familia paterna; de pie, en la esquina, mi padre.

La vida entera

Asumirse. Asumir nuestro aspecto, asumir lo que hemos hecho, asumir nuestros errores y nuestras sombras. Y nuestros aciertos. Parece tarea fácil, pero no lo es. Parece que es irrelevante, que nadie nos va a pagar por ello y que podemos brillar sin hacerlo. Pero no es verdad. No se avanza si no se asume; no se crece. Asumir no es quedarse quieto, asumir es imprescindible para mejorar por dentro y ser mejores personas. Actualizadas. No hay luz en el desconocimiento y en la inconsciencia de uno mismo. Más oscura todavía es la negación y la ocultación. Barrer bajo la alfombra no construye una identidad. Me gustan las  personas que muestran su cara de frente. Y que no se esconden ante nadie ni ante sí mismas. Que son honestas, honestas de verdad. Que se dicen verdades como puños. Que se avergüenzan al recordar episodios de su vida, y se arrepienten de muchas cosas que hicieron, y se disgustan al evocar etapas de su camino pero que en ningún caso se niegan. No se regodean ni se quedan estancadas en heridas emocionales pasadas pero no reniegan de sí mismas. Asumirse es una victoria. La más importante de las victorias, la del individuo sobre sí mismo. El ser entero, no amputado ni mentido, que al ser preguntado o requerido dice sí, fui yo, soy otro, soy distinto ahora, pero fui aquél o hice aquello. Casi no me reconozco pero me asumo. Puedo mirar todas las páginas del álbum de fotos de mi vida. Asumirse da luz y claridad. Ilumina al niño herido, al adolescente torpe, al que habló de más, al que tropezó o fue ridiculizado. Ilumina al que seré; mientras mantenga mis facultades, me asumo. Precisamente porque mi yo es integrador, soy capaz de dejar atrás, y me alegro de no ser aquél y de haberlo remontado y soy capaz de quererlo con la cabeza bien alta. Estoy y soy en todos los actos de mi vida, la vida entera es verdad.